Sophie Caratini es escritora y antropóloga. Especialista en Mauritania y el Sáhara occidental, es directora de investigación en el CNRS, miembro del equipo Mundo Árabe y Mediterráneo.
La fille du chasseur (La hija del cazador)
Éditions Thierry Marchaisse, febrero de 2011
«¿Era yo? ¿De verdad viví eso? ¿O es otra, o es un sueño? Mi infancia en el desierto, las grandes travesías con el Grupo Nómada, mi engorde, mis matrimonios con... ¿Existió eso? Está tan lejos de mí. Y además, si de verdad era yo, ¿quién soy ahora?»
La voz de Mariem se eleva desde el país del millón de poetas, desde ese desierto mauritano donde el viento de arena borra todas las huellas y condena la vida de los hombres al olvido.
Sostenida por su palabra, magistralmente puesta en escena por Sophie Caratini, atravesamos el espejo del mito para alcanzar la verdad de una mujer y descubrir un mundo sahariano, beduino, que el choque colonial trastocaría por completo. Con Mariem recobran sentido saberes perdidos, otras maneras de ser. Gracias a ella accedemos a la forma de vida y a las metamorfosis interiores de todo un pueblo.
«Además de la experiencia, la abuela tiene la inmensa ventaja de ser libre para exteriorizar sus sentimientos. La madre joven no puede. Está prohibido. No debe mostrar que ama a sus hijos delante de su madre o de su suegra, no debe mimarlos ni besarlos. Sería una falta de compostura, no está bien aceptado. Eso no significa que no tenga amor por sus hijos, que tenga menos o que no deba tenerlo, solo que no es libre de manifestarlo.»
(página 51)
«Se dice en Mauritania que los niños, los bebés, cuando mueren antes de la edad de pecar, llaman a sus padres al paraíso. Es un pensamiento que ayuda a soportar el dolor. Entre los musulmanes, se acepta. Se dice que todo lo que tiene vida en la tierra debe desaparecer un día u otro, tarde o temprano; que así es. Entonces uno se convence de ello. Y lo acepta... de buen o mal grado. En Europa, la gente también sabe que todo debe desaparecer, pero lo acepta peor. Nosotros no nos rebelamos. No tenemos derecho. Cuando perdemos a alguien, lo lloramos, por supuesto, sentimos dolor como todo el mundo, pero debemos dar gracias a Dios por no habernos llamado a todos al mismo tiempo. Ya ve esta filosofía. Se siente profundamente. Hay que rezar, hay que dar gracias al Señor que no nos hizo morir a todos, podría haberlo hecho... Darle las gracias por habernos dado a ese ser durante un tiempo y por recuperarlo después. Se dice que la vida, al final, es un préstamo que te hacen.»
(página 115)